Opinión 

¿Felices fiestas? No, por favor: ¡Feliz Navidad!

Algo que recuerdo vivamente de mi niñez es la época navideña, que, comenzando diciembre, se anunciaba por todas partes: las casas eran revestidas de luces de colores, la gente colocaba sus árboles y acomodaba el nacimiento en un lugar preponderante en la sala de su hogar.  Por supuesto, la televisión no se quedaba atrás, los comerciales inundaban la programación con villancicos y las películas recordaban durante todo el día que se acercaba el 25 de diciembre.  Era, además, tiempo para preparar platillos que sólo en esta época se podían saborear: los romeritos y el bacalao eran las estrellas de todo menú familiar, sin olvidar el ponche, la sidra de manzana y los postres que daban a las mesas el toque especial.

Y qué decir de las posadas: Primero, el rezo del rosario y la letanía cantada, “Ora pro nobis”, repetíamos sin entender el significado exacto, pero con el gusto de saber que seguía entonar los versos “en el nombre del cielo, os pido posada, pues no puede andar, mi Esposa amada”, para escuchar la consabida respuesta, hasta lograr que un alma generosa abriera las puertas de su casa para que entraran los Santos Peregrinos José y María, que estaba a punto de dar a luz al Niño Dios.

Y, por fin, el momento más esperado por todos, había llegado: romper la piñata, hecha con una hermosa olla de barro llena de fruta, cacahuates y dulces, que tronaba después de sendos palazos asestados por los niños que disfrutaban a más no poder de la novena de fiestas previas a la Natividad.

De esas fechas guardo con cariño dos recuerdos: uno, cuando, por la noche del 24, de camino a la cena con mis abuelitos, mi papá detenía el coche frente a una casa que tenía un enorme nacimiento.  Las personas de ese hogar dejaban abiertas las cortinas para que quien pasara pudiera contemplar las escenas representadas bellamente.  Mis hermanos y yo admirábamos cada pieza, acomodada con cuidado sobre papel decorado para que simulara ser un pueblito lleno de detalles: un lago hecho con papel aluminio en el que “nadaban” cisnes y patos.  Un establo con borreguitos y vacas, casitas, pastores, mujeres realizando labores hogareñas, y en el centro, presidiendo todos los cuadros, se hallaban María, José y el Niño recién nacido, a punto de recibir la visita de los tres Reyes Magos que se acercaban con sus regalos.

El segundo, evoco cuando íbamos a cortar nuestro árbol al bosque de los árboles de Navidad en Amecameca, Estado de México. Nos daba mucha emoción que mis papás pasaran por nosotros al salir de la escuela para ir a escoger nuestro pinito, que mi padre cortaba con mucha facilidad y lo acomodaba en el techo del coche.  Luego, sembrábamos el que sustituiría al que nos estábamos llevando.

Sí, se respiraban sentimientos de hermandad, se deseaba hacer el bien al prójimo, pasábamos muchos momentos en familia, pero, lo principal de ese tiempo, era que verdaderamente se celebraba a Aquél que había nacido para redimir al mundo de sus pecados.  En la actualidad, me da tristeza comprobar que poco a poco se ha desplazado al Festejado para reemplazarlo por comidas y fiestas sin sentido.  Los villancicos quedaron para el museo y en su lugar escuchamos cualquier tipo de música, menos la que habla de Jesús y su venida a este mundo.  Las posadas son “pachangas” y borracheras, así que ni hablar de rezos y cantos, eso está bien para los mojigatos… entonces, ¿qué sentido tiene hablar de Navidad, si ya no la celebramos?

Ahora, se ha desechado al Rey que ha nacido entre nosotros para sustituirlo por Santa Clos y figuras vestidas de rojo.  Los adornos que decoran las plazas y centros comerciales hablan del invierno con sus copos de nieve artificiales, las luces multicolores bailan sobre duendes, renos y trineos, por cierto, objetos extranjeros que han invadido nuestro país, pero por ningún lado vemos el portal de Belén, ni la estrella, ni los ángeles de los coros celestiales, mucho menos animales y pastores, pero lo más grave es que, el motivo de esta gran fiesta, Dios que ha enviado a su Hijos para salvar al mundo, ha sido ignorado por el ambiente ateo que nos invade cada vez más.

Hoy, son más las personas que se desean “Felices fiestas”, perdiendo de vista lo esencial y reduciendo la incomparable obra de la salvación a una fiesta de fin de año. Hasta los católicos bien formados han adoptado esta moda. Incluso, un personaje importante en México ha llegado al colmo, enviando felicitaciones con motivo de las “fiestas de invierno”.

Ahora que nos acercamos a la gran fecha, los invito a rescatar el sentido real de esta magna celebración. Para los cristianos, católicos y no católicos, ha nacido el Salvador del mundo, no hay ningún hecho que se le compare, por importante que parezca, por eso, por favor, no nos deseemos “felices fiestas”, démonos un abrazo y digámonos sinceramente ¡feliz Navidad!

¡Que tengan una excelente semana y feliz Navidad para todos!

 Por Mónica MUÑOZ |
 

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