Evangelio 

Evangelio del día Miércoles 14 de Diciembre

Miércoles de la terce semana de Adviento.

Santos del día: San Juan de la Cruz, San Nimattullah al-Hardini.

† Lectura del santo Evangelio según San Lucas 7, 19-23.

Los envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.
Cuando se presentaron ante él, le dijeron: “Juan el Bautista nos envía a preguntarte: ‘¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?'”.
En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos.
Entonces respondió a los enviados: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres.
¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Papa Francisco

Jesús inicio su Misión salvífica, asumiendo para sí las palabras del profeta Isaías, como nos refiere el evangelista Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (4,18-19).

La enfermedad, especialmente aquella grave, pone siempre en crisis la existencia humana y trae consigo interrogantes que excavan en lo íntimo. El primer momento a veces puede ser de rebelión: ¿Por qué me ha sucedido justo a mí? Se puede entrar en desesperación, pensar que todo está perdido y que ya nada tiene sentido…

En estas situaciones, por un lado, la fe en Dios es puesta a la prueba, pero al mismo tiempo revela toda su potencialidad positivo. No porque la fe haga desaparecer la enfermedad, el dolor, o los interrogantes que derivan de ello; sino porque ofrece una clave con la cual podemos descubrir el sentido más profundo de lo que estamos viviendo; una clave que nos ayuda a ver de qué modo la enfermedad puede ser el camino para llegar a una cercanía más estrecha con Jesús, que camina a nuestro lado, cargando la Cruz. Y esta clave nos la proporciona su Madre, María, experta de este camino

En las bodas de Caná, María es la mujer atenta que se da cuenta de un problema muy importante para los esposos: se ha acabado el vino, símbolo del gozo de la fiesta. María descubre la dificultad, en cierto sentido la hace suya y, con discreción, actúa rápidamente. No se limita a mirar, y menos aún se detiene a hacer juicios, sino que se dirige a Jesús y le presenta el problema tal cual es: «No tienen vino» (Jn 2,3).

Cuando Jesús le hace presente que aún no ha llegado el momento para que Él se revele (cfr v. 4), dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Entonces Jesús realiza el milagro, transformando una gran cantidad de agua en vino, en un vino que aparece de inmediato como el mejor de toda la fiesta

[…] En Caná se perfilan los rasgos característicos de Jesús y de su misión: Él es Aquel que socorre al que está en dificultad y en la necesidad. En efecto, en su ministerio mesiánico curará a muchos de sus enfermedades, malestares y malos espíritus, donará la vista a los ciegos, hará caminar a los cojos, restituirá la salud y la dignidad a los leprosos, resucitará a los muertos, a los pobres anunciará la buena nueva

[…] Para nuestros seres queridos que sufren debido a la enfermedad pedimos en primer lugar la salud; Jesús mismo manifestó la presencia del Reino de Dios precisamente a través de las curaciones:

“Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan”.

Pero el amor animado por la fe hace que pidamos para ellos algo más grande que la salud física: pedimos una paz, una serenidad de la vida que parte del corazón y que es don de Dios, fruto del Espíritu Santo que el Padre no niega nunca a los que le piden con confianza

[…] También nosotros podemos ser manos, brazos, corazones que ayudan a Dios a realizar sus prodigios, con frecuencia escondidos. También nosotros, sanos o enfermos, podemos ofrecer nuestras fatigas y sufrimientos como el agua que llenó las tinajas en las bodas de Caná y fue transformada en el vino más bueno. (Mensaje del Papa por la Jornada Mundial del Enfermo, 15 de septiembre de 2015)

Oración de Sanación

Señor de mi vida, desde que los rayos del sol comienzan a brillar en este nuevo amanecer de mi vida, busco con agradecimiento tu abrazo paternal para poder salir al mundo e irradiar tu bondad y ternura.

Invoco tu presencia para recibirte como la única Luz que puede iluminar mi espíritu, como ese fuego ardiente capaz de encender y avivar la esperanza en mi corazón y multiplicar mis buenas acciones.

Quiero dejarme invadir por la seguridad de tus Palabras, saber que puedo amarte con todas mis limitaciones y las miserias que aún habitan en mi corazón. Hazme crecer en la fe y escoger siempre tu opción de vida.

Tú eres mi salvador, quien restaura mis fuerzas el que todo lo puede, el que devuelve la vista a los ciegos, que hace caminar a los cojos y el gran sanador de los enfermos y desvalidos. Quiero que vengas a reinar con poder en mi alma.

Ven y purifica mi alma de ese egoísmo perverso que me aparta de tu camino. Quiero asumirte en mi vida, asumir ese compromiso de también ser ese soporte para los débiles, de transformarme en tus brazos y asistir con tu amor a los que sufren.

Tú eres la única clave para todos mis problemas y la alegría para todos mis momentos. Ven y ábreme caminos de salud y de bendición para que pueda vivir siempre en tu amor y ser testimonio de tu compasión. Te pido que me des la valentía y la fe para que, en tu Nombre, pueda salir victorioso de las distintas pruebas a la que soy sometido.

Quiero vivir para Ti más que para mí mismo; dejarme cautivar por el susurro de tu voz en mi interior y elevar mi nivel de amor por encima de toda medición humana. Amén

Propósito para hoy

Hoy clamaré al Dios de la ternura, por todos aquellos predicadores del Evangelio que, aún en medio de persecuciones, no han perdido la valentía de anunciar el amor y la misericordia del Señor.

Frase de reflexión

“Esforcémonos en escuchar y en estar en silencio para abrir las puertas a la belleza de Dios”.
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