Opinión 

Misericordia

No tiene fecha, pero probablemente se remonta a los años treinta el inédito de Giovanni Battista Montini sobre la misericordia publicado en el último número del boletín del «Instituto Pablo VI» y que se conserva en Concesio en el archivo de la institución.

No es suficiente decir: Dios es Amor, tanto amó Dios al mundo; es necesario añadir: Dios es Misericordia, tanto amó Dios a un mundo culpable.

No hijos, no simples creaturas, sino que amó a Sus seres rebeldes, ingratos, perdidos.

Seres que no eran dignos, ni útiles ni agradables; ni en sí mismos ni buenos para Él.

Y aquellos más lejanos y más miserables, aquellos más enemigos y más malos, a ellos amó.

Este amor no fue prodigioso sólo en sí mismo y para la íntima felicidad de Dios; sino que lo fue también para los seres que no lo merecían, y que son su objeto inexplicable. Ha sido un amor salvador.

Dios amando al pecador da ejemplo de suma indulgencia, salvándolo con igual exigencia. La misericordia se inclina sobre el mal, pero no para que él siga siendo lo que es y para que se vea vencida la justicia, sino más bien para que la justicia sea reconstituida en sus derechos y tenga su reivindicación.

Dios ama al malo no por ser tal, sino para hacer de él alguien bueno; y mientras impulsa la tolerancia hasta borrar las consecuencias fatales del pecado, restaura el carácter absoluto de la ley moral reconduciendo a ella al pecador.

Esta relación especial de la misericordia con la justicia es uno de los problemas más profundos y más claramente determinado del cristianismo. A nadie se le ocurre pensar que la misericordia de Dios, anunciada como se debe, y revelada en su fuente y en su fin, que es el Amor, sea indulgente con el mal y debilite la fuerza del imperativo moral; sino más bien es patente a todos que ella, y sólo ella, es capaz de recuperar el bien perdido, de pagar con el bien el mal cometido y generar nuevas fuerzas de justicia y de santidad.

Fuente L’Osservatore Romano

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