Opinión 

Nadie puede ser apóstol ni sacerdote, sin ser mártir

«Nadie puede ser apóstol ni desempeñar el papel de sacerdote, sin ser mártir» , le dice Concepción Cabrera a su hija Teresa de María, en una carta en la que le insiste que tiene que ser apóstol en favor de la Iglesia y olvidada de sí misma, y ser sacerdote, ofreciendo a Jesucristo y siendo víctima con él.

Por el bautismo, el Espíritu Santo nos ha hecho partícipes del sacerdocio de Jesucristo y nos ha asociado a la misión profética y pastoral de nuestro Salvador.

Somos apóstoles; pero, ¿por qué los apóstoles tenemos que ser mártires? Porque cada día debemos luchar con ardor contra nuestra pereza, egoísmo y miedos; porque hemos sido enviados a llevar el Evangelio «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8); porque realizamos nuestro apostolado en una sociedad contraria a los valores del Reino: «yo los envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16).

Somos sacerdotes; pero, ¿por qué los sacerdotes tenemos que ser mártires? Porque, por el pecado, la humanidad se ha enemistado con Dios, y nosotros estamos en medio, y hemos de pagar en carne propia el precio de la reconciliación; porque representamos a la humanidad ante el Padre, una humanidad pecadora, necesitada de salvación, que huye de él; porque nos duele ver a tantas personas «maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor» (Mt 9,36); porque representamos a Dios-Trinidad ante la humanidad, y luchamos por acercarle la salvación.

La cruz –e incluso la posibilidad del martirio– es algo esencial al seguimiento de Jesucristo. ¿Queremos vivir a fondo nuestro ser de apóstoles y sacerdotes? La única manera de hacerlo es siendo también mártires, como Jesús, a impulsos del Espíritu Santo (Hb 9,14).

Por Fernando Torre, msps.

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