Editorial 

El pensamiento colaborativo

La palabra excelencia tiene una etimología muy simple. Proviene de dos raíces latinas que, unidas, significan <<levantarse por encima de>>. La excelencia es simplemente un estado real de rendimiento superior. Describiendo diferentes modelos de excelencia se vuelve más comprensible su definición.

Hay una excelencia del pensamiento  occidental. En este modelo, la excelencia consiste en ganar un juego frente a un adversario. Simple, a fin de que haya un vencedor, tiene que haber un perdedor, o un grupo de perdedores. “Yo  no puedo perder una competencia a menos que mis adversarios ganen”.  Ralph W. Emerson dijo “En nuestro sistema, un hombre llega a medir su grandeza por los pesares, las envidias y los odios de sus competidores”. Las recompensas de cualquier tipo de competición tienen que añadirse de tal manera, que cuantos más  trozos de un pastel recibamos menos quedará para  el otro.

La excelencia competitiva es un estado de levantarse por encima de la multitud para abrazar la victoria. Esta ha sido siempre en occidente la comprensión dominante de la idea. Vince Lombardi, el ideal de la victoria competitiva en fútbol americano, dijo una vez que “ganar no lo es todo, es lo único”. Recuerdo haber leído en el libro de Lance Armstrong que cuando joven, su madre acostumbrada a verlo llegar en los primeros lugares, se percató en una triatlón que había transcurrido mucho tiempo para verlo llegar a la meta y camina en sentido contrario hasta encontrarlo totalmente sin energías, y le dice: “Lance, levántate y cruza la meta aunque sea arrastrándote”, y casi literalmente ocurrió.

El pensamiento competitivo que tiene por objetivo la excelencia, puede resultar útil y provechoso, pero como actitud mental única, como manera de comprender la excelencia, suele ser muy peligroso. Y ese espíritu se manifiesta sobre todo en la política, que se practica más como una competencia, que como un ejercicio de diplomacia y arte de gobernar. Casi todos hemos sido educados en una experiencia escolar predominantemente competitiva, en la que se practican deportes, se pasan exámenes, y se ostentan rangos.

El modelo de crecimiento comparativo de las tradiciones orientales se centra en el desarrollo y en lo que los filósofos  llaman teología, el movimiento intencionado en dirección de un objetivo. ¿Estoy más cerca de mis objetivos que ayer? Es algo así como “olvídate de tus adversarios; juega siempre contra la igualdad”. Este modelo, si bien es cierto puede llevarnos a la excelencia y competitividad, tiene algunos problemas siendo el principal que puede alentar un estrecho  punto de vista, centrado en uno mismo, que enseguida se convierte en algo problemático. Pude ser excesivamente egoísta en otras palabras.

El tercer modelo de excelencia, de acuerdo a lo que he podido leer  e investigar, es el que muchos creen se está descubriendo en todo occidente en los últimos años. Este modelo se basa en la premisa de que una persona puede tener relaciones muy distintas con un compañero y con una empresa. Estas relaciones tienen un amplio espectro y un interesante orden. Las personas, los departamentos o divisiones de una misma organización  se encuentran a menudo en una relación de  enfrentamiento, que no solo es innecesaria sino que además contraproducente.  Para obtener la excelencia dentro de esa realidad, un pensamiento  colaborativo es la nueva corriente.

El pensamiento colaborativo no exige al abandono del pensamiento competitivo y comparativo, pero para que sean adecuados estos pensamientos, se requiere una buena medida de pensamiento  colaborativo. Un buen pensamiento colaborativo necesita la guía de los otros dos. Sin embargo, es el trabajo colaborativo lo que ahora constituye el eje de la rueda.

Sherman Calvo
Laus Deo

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