Editorial 

Los nazis y el Papa: la historia de un intento de secuestro

Era una noche fría del invierno romano, entre enero y febrero de 1944. El reloj marcaba las 11 de la noche, cuando llamaron a la puerta de un apartamento ubicado en el Palacio apostólico del Vaticano. Al abrir, Antonio, hijo de Bartolomeo Nogara, entonces director de los Museos Vaticanos, se encontró con Mons. Giovanni Battista Montini, quien trabajaba en la Secretaría de Estado de la Sede Apostólica y que casi veinte años después se convertiría en el Papa Pablo VI.

Para Antonio, Montini no era un extraño, pues su padre se reunía frecuentemente con el monseñor y eran amigos. Lo que le llamó la atención era la hora y la urgencia con la que pidió ver a su papá.

Después de un breve coloquio privado, Montini y Bartolomeo salieron rápidamente del apartamento.

Pasaron casi tres horas hasta que Nogara regresó a casa. Estaba un poco agitado y, sin decir mayor cosa, se fue a dormir. Al día siguiente, Antonio y su madre conocieron el motivo de la inesperada visita de Montini la noche anterior.

Bartolomeo les contó que el embajador británico, sir Francis d’Arcy Osborne, y el encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos, Harold Tittmann, habían revelado a Montini la existencia de un plan del Alto Mando alemán para capturar y deportar al Papa Pío XII con el pretexto de ponerlo bajo la protección del Führer.

Roma se encontraba bajo la ocupación nazi. En esas circunstancias, no había espacio para tomarse a la ligera las advertencias de los diplomáticos, por lo que la noche anterior Nogara y Montini habían ido a buscar urgentemente un refugio para poner a salvo al Pontífice.
Además, no habría sido la primera vez que un Papa era sacado a la fuerza del Vaticano. En 1799, el Papa Pío VI fue deportado a Francia por los revolucionarios que ocupaban Italia. Y entre 1809 y 1814, Pío VII fue prisionero, primero en Savona y luego en Fontainebleau, bajo el régimen de Napoleón.

Fue así como, tras descartar varios lugares, eligieron la Torre de los vientos, que resultaba ideal por ser un laberinto de habitaciones, escaleras y pasillos. Posteriormente, no hubo necesidad de esconder al Papa, pues el plan de secuestro fue descartado por los nazis, en parte gracias al consejo de las mismas autoridades alemanas en Roma, quienes sugirieron no llevarlo a cabo por las implicaciones que habría tenido.

Las revelaciones sobre el intento de secuestro a Pío XII no son del todo nuevas. Sin embargo, son valiosos los detalles que se encuentran en esta carta inédita de Antonio Nogara, publicada casi dos años después de su muerte en L’Osservatore Romano.

Históricamente también es relevante, pues ayuda a desmitificar la imagen de un Papa —en parte distorsionada por la obra teatral “El vicario” (1963) de R. Hochhuth— supuestamente antisemita y favorable a los regímenes totalitarios de la época.

Si bien es cierto que Pío XII tuvo una postura de neutralidad e imparcialidad durante la Segunda Guerra Mundial, sin condenas públicas, su pontificado estuvo lleno de intervenciones diplomáticas y de labor humanitaria.

Cuando las tropas nazis pidieron a los judíos de Roma cincuenta kilos de oro a cambio de no deportar a doscientas cabezas de familia, el Papa ofreció proporcionar el oro que faltaba para completar lo requerido. También brindó refugio a muchas familias judías en el Palacio apostólico de Castel Gandolfo, donde unas 40 mujeres embarazadas dieron a luz. Según la película-investigación “Shades of Truth”, se estima que gracias a la labor impulsada por el Pontífice, solo en Roma se salvaron 4,447 judíos.

Finalizada la guerra, Israel Zolli, gran jefe rabino de Roma, decidió abrazar la fe católica tomando el nombre Eugenio, el mismo nombre de bautizo de Pío XII.

Por Jaime García Oriani
Periodista

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