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Evangelio del día Lunes 04 de Julio

Lunes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario

Santo del día: Santa Isabel de Portugal

† Lectura del santo Evangelio según San Mateo 9, 18-26.

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá”.
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto,
pensando: “Con sólo tocar su manto, quedaré curada”.
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”. Y desde ese instante la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo:
“Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme”. Y se reían de él.
Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó.
Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Papa Francisco

¡Nuestra fe puede todo! ¡Es victoria! Y esto sería bello que lo repitiéramos, también a nosotros, porque tantas veces somos cristianos derrotados.

Jesús ha alabado mucho la fe de la hemorroísa, de la cananea o del ciego de nacimiento y decía que quien tiene fe como una semilla de mostaza puede mover montañas. Esta fe nos pide a nosotros dos actitudes: confesar y encomendarnos.

La primera actitud es confesar. La fe es confesar a Dios, pero al Dios que se ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora; al Dios de la historia. Y esto es lo que todos los días rezamos en el Credo. Y una cosa es rezar el Credo desde el corazón y otra como papagayos, ¿no? Creo, creo en Dios, creo en Jesucristo, creo… ¿Yo creo en lo que digo? Esta confesión de fe ¿es verdadera o yo la digo un poco de memoria, porque se debe decir? ¿O creo a medias? ¡Confesar la fe! ¡Toda, no una parte! ¡Toda!…

Nosotros sabemos cómo pedir a Dios, cómo agradecer a Dios, pero adorar a Dios, ¡adorar a Dios es algo más! Sólo quien tiene esta fe fuerte es capaz de la adoración…

La otra actitud es encomendarse. El hombre o la mujer que tiene fe se encomienda a Dios: ¡se encomienda! Pablo, en un momento oscuro de su vida, decía: «Yo sé bien a quién me he encomendado». ¡A Dios! ¡Al Señor Jesús! Encomendarse: y esto nos lleva a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos lleva a la adoración y a la alabanza de Dios, el encomendarse a Dios nos lleva a una actitud de esperanza. Hay tantos cristianos con una esperanza con demasiada agua, no fuerte: una esperanza débil. ¿Por qué? Porque no tienen la fuerza y el coraje de encomendarse al Señor. Pero si nosotros los cristianos creemos confesando la fe, y también custodiando la fe, y encomendándonos a Dios, al Señor, seremos cristianos vencedores. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe!. (Homilía en Santa Marta, 10 de enero de 2014)

Diálogo con Jesús

Señor mío, Tú sigues caminando a mi lado por los senderos de mi historia y me pides que mantenga la fe. Son muchos en nuestros días que la han perdido, porque buscan sólo con los ojos de la razón y no con los de la fe. Cuánto bien me enseña tu compasión y mansedumbre, y la actitud de aquella mujer sencilla que sufría de hemorragias, que por su gran fe, y por tu misericordia, ¡recuperó la salud! Sé que también yo podré recuperar la paz, la salud, el ánimo, la esperanza y la alegría de mi alma, si vivo centrado y afianzado en el amor y la roca firme de la fe es tu Palabra. Tú quieres la vida, no la enfermedad. Estás siempre dispuesto a defenderme de aquellos que me gritan: “es imposible”, “no se puede”, “baja los brazos”, de todos los que quieren excluirme y hacerme sentir que no voy a lograrlo. Padre Santo, devuélveme la fe. No permitas que caiga en ese sepulcro vacío del materialismo, del que es tan difícil salir porque engaña al espíritu haciéndole sentir una falsa garantía de felicidad. No permitas que caiga en ese profundo pozo en el que se impone lo efímero, en el que habita la desesperación que mata el alma y que me empuja a fiarme sólo de mis propias fuerzas. Hazme dócil y humilde, hazme sentir ese amor de Padre que abraza, me hace hijo y hermano con mis semejantes, y con el que no me siento abandonado jamás. Tú quieres para mí la felicidad y sé que puedo encontrarla haciendo tu voluntad, entregándome a ella y confiando en tu amor que abriga y consuela. Amén

Propósito para hoy:

Examinaré mis errores de actitud frente a los demás y me propondré mejorar mi comportamiento silenciándome unos 15 minutos cuando esté en casa.

Reflexionemos juntos esta frase:

“Jesús ha conservado sus llagas para hacernos ver su misericordia. Ésta es nuestra fuerza y nuestra esperanza”. (Papa Francisco)

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