Fe 

¿Un cristiano puede creer que hay vida extraterrestre?

El Papa Francisco planteó en una homilía qué pasaría si vinieran extraterrestres a nuestro planeta, si habría que evangelizarlos también.

“Si mañana viniese una expedición de marcianos, por ejemplo, y algunos de ellos vinieran a nosotros, marciano, ¿eh? Verdes, con la nariz y las orejas largas, como los pintan los niños… Y uno de ellos dijese: ‘Quiero bautizarme’. ¿Qué sucedería?”, dijo.

Más allá del humor y la frescura del lenguaje del Papa Francisco, ¿la Iglesia se ha pronunciado sobre la posible existencia de la vida extraterrestre?

Dos precisiones son necesarias antes de abordar el núcleo de la cuestión. La primera es que se trata de una cuestión a la que se puede contestar desde la teología –y teniendo a la vista lo que conoce la ciencia-, pero no desde el Magisterio de la Iglesia. Quien busque algún pronunciamiento de la Iglesia sobre la cuestión, se encontrará con que no hay nada.

La segunda precisión es que la verdadera cuestión concierne, no a la posible vida extraterrestre en general, sino sólo a la posible vida inteligente. La existencia de vida extraterrestre no inteligente, sea elemental o compleja –una bacteria, una planta o un animal- no tiene relevancia teológica alguna. O, al  menos, no la tiene para un católico. Es un asunto que compete exclusivamente a la ciencia, sin que presente problema doctrinal alguno.

Distinto es el caso de seres inteligentes alienígenas. De hecho, entre quienes con más ahínco buscan pruebas de su existencia figuran personas hostiles hacia la religión –sobre todo la cristiana-, que piensan que su hallazgo socavaría los fundamentos de nuestra fe.

Si bien es cierto que en ese intento tienen en la cabeza una forma de interpretar la Biblia –y, en concreto, los dos primeros capítulos delo Génesis- más propia del evangelismo protestante –mucho más pegado a la letra- que de la fe católica, también es cierto que desde esta última se pueden plantear algunas dificultades.

Desde el punto de vista que podríamos denominarteología de la creación, no hay en realidad inconvenientes en hacer hueco a otros seres inteligentes. El universo es muy grande, y Dios ha podido crearlos. El que aparezca el hombre como rey de la creación no tiene mayor alcance que su propio ámbito, allí donde llega. La Biblia habla de este mundo, y nada dice de otros posibles mundos habitables y habitados.

Las dificultades vienen de la llamada teología de la redención.
En ella vemos lo que parece ser una relación, no ya privilegiada, sino exclusiva de Dios con el hombre. Dios –la Segunda Persona de la Trinidad- se ha encarnado, se ha hecho hombre, y este hombre figura a la diestra del Padre, como juez y rey universal. ¿Ha podido hacer lo mismo con otra especie de seres inteligentes? Estrictamente imposible no es, pero parece bastante improbable.

No obstante, también es verdad que ha posido elegir otro camino de salvación para ellos. Con todo, en este contexto la aparición de otros tipos de seres inteligentes no parece encajar bien, por lo cual lo más razonable resulta, sin descartar la posibilidad contraria, ser algo escépticos sobre su existencia.

Podría pensarse que esa postura va en contra de la ciencia. No es así. En nombre de la ciencia se dan muchas expectativas, de forma que parece que cada vez el descubrimiento de alienígenas está cada vez más próximo, pero lo cierto es que noy por hoy no se ha descubierto ningún indicio de su existencia, aunque se haya buscado con ahínco.

Además, lo que la ciencia sí que muestra es que, conforme se conoce mejor la realidad extraterrestre, cada vez hay que buscar más lejos. Hasta hace pocos años, las expectativas se focalizaban en Marte –todavía hoy hablamos de “marcianos” para referirnos a los extraterrestres-, pero hoy ya se descarta el sistema solar como habitat de alienígenas.

Por lo que se va sabiendo, dentro de poco parece que descartaremos una distancia menor de 10 años-luz. Y eso ya está muy lejos (el Sol está a unos 7 minutos-luz). Por ello, la ciencia, lo que de verdad se sabe, está más bien clausurando expectativas que abriéndolas.

Por Julio de la Vega-Hazas

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