Opinión 

La Iglesia y el matrimonio: ¡Atención, frágil!

Desde el comienzo de su pontificado, al Papa Francisco le gusta repetir que “la Iglesia es como un hospital de campaña”. Quizá por eso en el Sínodo sobre la Familia y en la exhortación Amoris laetitia basada en sus conclusiones, el debate y la atención mediática se ha centrado en qué hacer con los que han quedado heridos por un fracaso matrimonial.

Toda víctima merece cura y atención. Pero ante los accidentes de tráfico, la solución no está solo en tener buenos hospitales para los heridos, aparte de que otras víctimas habrán ido directamente al cementerio. Lo importante es evitar los accidentes, con una buena formación de los conductores, que enseñe destrezas y evite imprudencias, con la ayuda de unas normas claras de tráfico.

También, como dice el Papa Francisco en Amoris laetitia, “hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas”. Por eso, antes de llegar al capítulo 8 de la exhortación, en el que se habla de cómo reconducir los fracasos, hay que estudiar atentamente los siete anteriores, que hablan de fortalecer los matrimonios en la sociedad actual, de cómo cultivar y hacer crecer el amor conyugal, de mejorar la preparación al matrimonio y el acompañamiento a las jóvenes parejas…. En fin, medicina preventiva.

Mostrar caminos de felicidad

El Papa dice que la Iglesia no debe estar a la defensiva, sino tomar la iniciativa para “mostrar caminos de felicidad”. Y así lo hace en este documento al mostrar la belleza de la concepción cristiana del matrimonio y al comentar los rasgos que deben caracterizar la relación conyugal.

En una sociedad tan individualista como la nuestra, es fácil que se vaya al matrimonio con la idea de mantener un equilibrio entre los intereses de ambas partes, en busca de una gratificación mutua, y que cualquier renuncia se interprete como un abuso. Frente a este planteamiento, el Papa Francisco subraya que optar por el matrimonio “expresa la decisión real y efectiva de convertir dos caminos en un único camino, pase lo que pase y a pesar de cualquier desafío”. De ahí, advierte el Papa, que “una de las causas que llevan a rupturas matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal”. Cuando se advierten las inevitables limitaciones, “la solución no es pensar rápida e irresponsablemente en la separación, sino asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno de los cónyuges es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro”.

Esa maduración exige cultivar una serie de actitudes que fortalecen el amor cotidiano. El Papa las va comentando: paciencia, servicio, amabilidad, perdón, disculpa, desprendimiento… Son virtudes que no se improvisan y que, en el momento actual, exigen reforzar la preparación al matrimonio, lo cual ha sido una preocupación central del pasado Sínodo. El amor también madura cuando se abre a los hijos, que no pueden convertirse en extras optativos del proyecto de una pareja.

Algunos dirán que todo esto suena muy bien, pero es poco realista. Sin embargo, lo que realmente carece de realismo es pensar que ese amor para siempre, que en el fondo todo enamorado desea, pueda crecer y fortalecerse sin el esfuerzo por desarrollar estas actitudes. Nuestra sociedad tiene una alta valoración de la vida familiar, espera tal vez demasiado del amor romántico, y es consciente de los problemas que plantea la desestructuración familiar. Sin embargo, cede fácilmente a la fatalidad cuando aparecen las crisis matrimoniales y piensa que cuantos menos obstáculos se pongan a la ruptura, más se favorece la libertad. En realidad, todo esto es causa de mucho dolor y frustraciones, que la Iglesia quisiera evitar aportando ideas y recursos como los que ofrece en este documento.

Un ejercicio de equilibrio

Cuando, a pesar de todo, los casados fracasan en su matrimonio, la Iglesia quiere seguir acompañándolos, también cuando se trata de divorciados vueltos a casar por lo civil. En tales casos, las palabras clave son “acompañar, discernir e integrar”. El Papa no da normas generales para estas situaciones, pues entre los divorciados vueltos a casar hay también situaciones distintas. Se trata de discernir en cada caso su responsabilidad y su modo de participar en la vida de la Iglesia, de la que sigue formando parte.

Todo el capítulo dedicado a “la fragilidad” es un ejercicio de equilibrio, que exigirá una prudencia especial para que no se rompa.

Si la doctrina no cambia, su aplicación debe tener en cuenta las situaciones personales: “de ninguna manera debe renunciar la Iglesia a proponer el ideal pleno del matrimonio”, aunque “hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas”.

Como estas personas están en situaciones diversas, las consecuencias para su integración son también distintas, y habrá que hacer un discernimiento personal; a la vez, “este discernimiento no podrá prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio”, evitando el peligro de “pensar que la Iglesia sostiene una doble moral”.

Sin reducir nunca “las exigencias del Evangelio”, hay que valorar las condiciones concretas en que se encuentran las personas y que quizá no les permiten actuar de manera diferente. Por eso, afirma el Papa, “no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada irregular viven en una situación de pecado mortal”.

De ahí que la ayuda de la Iglesia a esas personas puede ser de distintos modos. El documento nada dice explícitamente del polémico tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar, aunque en nota a pie de página se aclara que “en ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos” (nt. 351).

Se trata de integrar a los divorciados vueltos a casar, pero “evitando toda ocasión de escándalo” y el peligro de mensajes equivocados “como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente ‘excepciones’”.

Ante estos delicados equilibrios, cabe el riesgo de que la indisolubilidad del matrimonio se vea como un ideal al que hay que tender más que como una norma general. El Papa Francisco comprende a quienes “prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna”. Pero ve a la Iglesia como “una Madre que, al mismo tiempo que expresa su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible”.

Desde luego, no será fácil que los matices de esta enseñanza lleguen a la opinión pública y a los mismos fieles. También porque, como se vio en el desarrollo del Sínodo, entre los propios obispos la coincidencia en la doctrina no evitaba que defendieran opciones pastorales distintas que se notarán en la aplicación de la Amoris laetitia. Este es el riesgo que el Papa ha querido asumir, y que va a poner a prueba la consistencia de la pastoral familiar.

Por Ignacio Aréchaga

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