Opinión 

La colina de los salvavidas

Blanco y azul son los colores de las rosas que el jueves por la tarde el Papa Francisco depositó sobre el altar de la Salus populi Romani, en la basílica da Santa María la Mayor, que visitó para encomendar el viaje de mañana, sábado, entre los refugiados de la isla de Lesbos. Blanco y azul son los colores de la bandera griega, los colores del mar, de las olas espumeantes que se azotan en las costas. Pero son otros los colores que en estos días llegan del Egeo. Los isleños lo llaman el “tsunami anaranjado”: son los más de 40.000 metros cúbicos de chalecos salvavidas acumulados sobre las playas, que se han convertido en el símbolo de un éxodo sin pausa. Y son la medida de la que se ha definido la peor crisis humanitaria en Europa después de la segunda guerra mundial.

Estamos cerca del pequeño poblado de Molyvos, un sitio ubicado al norte de la isla de Lesbos, extremo confín de Europa. A apenas diez kilómetros de Turquía, desde donde cada noche hombres, mujeres y niños parten con la esperanza de llegar a Grecia y olvidar la guerra o la pobreza. Aquí se encuentra la colina artificial, un inmenso cúmulo de color naranja formado por chalecos salvavidas usados por los refugiados y por los inmigrantes para atravesar el mar Egeo. El equivalente a cuatro campos de fútbol llenos de deshechos de plástico, nylon y esponja que las autoridades locales no saben dónde depositar.

En el silencio afloran dolor, esperanza, piedad. Hay chalecos de todas las medidas, también los pequeños pequeños. Cada uno lleva consigo la historia de una vida, muchos conservan indelebles los signos de una lucha desigual por la supervivencia entre lanchas neumáticas desinfladas cargadas de personas y el brazo de mar que separa Turquía de Grecia: aguas negras y agitadas en invierno, serenas y de color esmeralda en verano.

Con sus mil páginas hechas de miedo e inhumanidad, el relato de los refugiados de Lesbos es un shock continuo. También porque los chalecos de color naranja dispersos sobre la isla no han ayudado a quien lo llevaba puesto. Son defectuosos, absorben el agua, no ayudan a flotar e impiden nadar. Y en lugar de salvar facilitan que se ahogue quien se los pone. Hechos en fábricas clandestinas turcas, se los vende a precios más bajos, unos 10 dólares en relación a los 30 de un chaleco auténtico y llevan marcas falsificadas. Se trata de una ulterior trampa, la enésima infame especulación de los traficantes de seres humanos.

De los controles realizados por las autoridades griegas resulta que de cada cien chalecos salvavidas sólo uno reune las condiciones requeridas. Es un dato tremendo. Desde el inicio del año murieron aquí 442 personas, según la Organización internacional para las migraciones; en efecto, en el último año transitaron 876.000 migrantes por toda Grecia, de los cuales más de 510.000 sólo en Lesbos. «Estamos acostumbrados al dolor cotidiano, pero organizar el funeral de un bebé de apenas dos meses perdido en el mar por una joven pareja de padres en fuga ha sido desgarrador. Su pequeño cuerpo se deslizó del chaleco salvavidas en pocos segundos. Este tramo del mar Egeo es la nueva frontera del dolor». Lo dice Maritina Koraki, coordinadora de las ayudas humanitarias de Caritas Hellas (Cáritas Grecia) en la isla. Gracias al apoyo económico de Cáritas Suiza los voluntarios han podido hacerse cargo de la gestión de una estructura de primera acogida y asistencia para los refugiados, que acoge de forma rotativa y por pocos días niños, discapacitados, mujeres solas con hijos y ancianos.

«La colina de los salvavidas es la imagen símbolo de una vergüenza europea. Dentro de pocas horas el Papa Francisco estará aquí y para nosotros es un viaje que abraza a toda Grecia, a quien han dejado sola para hacer frente a la emergencia refugiados. Francisco plantea una pregunta a cada uno de nosotros acerca de cómo ser y seguir siendo humanos», concluye Maritina Koraki. Desde inicios de diciembre a hoy Caritas Hellas ha acogido más de cinco mil personas y sigue ayudando, también con la distribución de sacos de dormir, ropa, productos para la higiene y para los niños, a más de tres mil.

«Hay tensión en el ambiente, el clima ha cambiado», dice Letizia Zamboni, voluntaria de Cáritas véneta: «Hasta ahora Grecia ha sido un país de tránsito no de devolución». Según Caritas internationalis, en la isla «el principal campo para refugiados e inmigrantes es ahora un “centro cerrado”, lo que significa que los refugiados y los inmigrantes no están autorizados a marcharse del lugar». Si bien el flujo se redujo notablemente, el 13 de abril desembarcaron 45 personas en una de esas pequeñas lanchas neumáticas con las que miles siguen partiendo cada día de las costas turcas hacia Europa.

Por Silvina Pérez / L’Osservatore Romano
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