Opinión 

¿Por qué no dar la palabra a mujeres y a hombres laicos?

Con tres condiciones

En la Iglesia del tiempo posconciliar, desde que el Papa Juan XXIII, con su discernimiento profético, identificara entre los <<signos de los tiempos>> la entrada de la mujer en la vida pública, oímos reiteradamente voces que se elevan para pedir una mayor valorización de la mujer en la Iglesia, una mayor participación suya en las diversas instituciones que la dirigen y organizan y un reconocimiento de todas las facultades que ellas poseen por derecho en cuanto bautizadas.

Hay un camino decisivo para la valoración de la mujer en la Iglesia, una posibilidad que tiene que ver más en general con los fieles, hombres y mujeres, posibilidad ya experimentada y practicada en la historia de la Iglesia y de hecho presente, a pesar de la actual disciplina, en muchas Iglesias locales: la toma de la palabra en la asamblea litúrgica por parte de fieles, hombres o mujeres. No obstante, tal posibilidad corre el peligro de darse de manera salvaje o peor aún, disimulada, de modo que se termina por designar esas tomas de la palabra con otros nombres – como <<resonancias>> o <<proposiciones>>-, cuando deben llamarse simplemente homilías. El tema es delicado, pero considero que es urgente encararlo, aunque en este lugar deba hacerse de forma breve: en efecto, para los fieles laicos en general, pero sobre todo para las mujeres, eso constituiría un cambio fundamental en la forma de participación en la vida eclesial.

Ante todo hay que reconocer que en estas últimas décadas existe la consciencia de que todos los bautizados están consagrados para la misión y que el anuncio del Evangelio es una responsabilidad que les incumbe a todos: no es casual que los predicadores laicos estén muy presentes y sean numerosos en las misiones. Por eso, se trata de un ministerio de la Palabra que en un tiempo estaba reservado sólo a los clérigos, pero que hoy está presente en todos los miembros que componen la Iglesia. Son los actuales textos litúrgicos los que dan testimonio de que los bautizados están llamados por Dios <<para que anuncien con gozo a todos los pueblos el Evangelio de Cristo>> (Ritual del bautismo. Oración e invocación sobre el agua) y entren <<a formar parte de su pueblo>> y sean <<para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey>> (Oración antes de la unción con el santo crisma).

En parte, esta maduración ya se ha dado en el pueblo de Dios, que hoy es capaz de recibir también la predicación por parte de laicos. Por la historia sabemos que en el pasado la predicación estaba autorizada a los laicos en el ámbito litúrgico y que en la Edad Media también algunas mujeres recibieron del Papa o del obispo tal autorización. Antes de la prohibición de predicación establecida por Gregorio IX (1228), entre las diversas formas de predicación estaba también la que preveía un mandatum praedicandi concedido a simples fieles. Sobre todo en los siglos X-XII y, en particular, durante la reforma gregoriana, el officium praedicandi está atestiguado como una práctica fructífera sobre todo dentro de aquellos movimientos evangélicos laicales que se desarrollaron al comienzo del segundo milenio cristiano. Los pobres de Lyon, más tarde llamados valdenses, los humiliados y otros grupos pidieron al Papa de Roma la aprobación de su modo de vivir y de la práctica de la predicación y recibieron tal facultad.

La vida evangélica de estos predicadores les daba una gran autoridad, de modo que su palabra parecía performativa: piénsese en Roberto de Arbrissel (1045-116), que predicaba ante el clero, los nobles y el pueblo con la aprobación de Urbano II; o bien en Norberto de Xanten (1080-1134), que recibió el officium praedicandi de Gelasio II. Pero recuérdese que esto fue posible también para algunas mujeres, entre las que descuella Hildegarda de Bingen (1098-1179), proclamada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI.

Por E.Bianchi
Fuente: L’OSSERVATORE ROMANO/ Edición privada para Laus Deo

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