Editorial 

Deberes de los hijos mayores

Si un hijo hiciera una suma que reflejara todo el tiempo, dedicación y recursos económicos que sus padres han empleado en él, se quedaría admirado por el resultado. Un padre de familia podría tener una jugosa cuenta en el banco si, en lugar de haber utilizado su dinero en las necesidades de los hijos, lo hubiera invertido.

Baste con mencionar: gastos del parto, pañales, biberones, cuna, ropa, calzado, alimento, consultas médicas y medicamentos, útiles escolares, fiestas de cumpleaños, regalos de Navidad, pagos por daños ocasionados por travesuras, peluquería, transporte, etc. Todos estos gastos son realizados por los padres de familia con mucho esfuerzo pero, generalmente, con mucho gusto y cariño.

En ocasiones, los recursos económicos son tan limitados y se acaban con las necesidades de los hijos que a los padres no les es posible crear un fondo para su vejez. Sin embargo, sería una ingratitud por parte de los hijos que, después de haber recibido tanto, no retribuyeran algo de los beneficios recibidos. Por eso, el cuarto mandamiento exige que cuando los hijos son mayores deben atender responsablemente las necesidades de sus padres y ofrecerles ayuda material y moral. Esto implica colaborar en sus necesidades económicas, apoyarlos, visitarlos y cuidarlos especialmente durante momentos de soledad tristeza, enfermedad o vejez.

La Biblia dice “Hijos, escúchenme a mí, que soy su padre; hagan lo que les digo, y así se salvarán”. Porque el Señor quiere que el padre sea respetado por sus hijos y confirmó el derecho de la madre sobre ellos. El que honra a su padre expía sus pecados y el que respeta a su madre es como quien acumula un tesoro. El que honra a su padre encontrará alegría en sus hijos y cuando ore, será escuchado. El que respeta a su padre tendrá larga vida y el que obedece al Señor da tranquilidad a su madre. El que teme al Señor honra a su padre y sirve como a sus dueños a quienes le dieron la vida. Honra a tu padre con obras y de palabra, para que su bendición descienda sobre ti, porque la bendición de un padre afianza la casa de sus hijos, pero la maldición de una madre arranca sus cimientos. No busques tu gloria a costa del deshonor de tu padre, porque su deshonor no es una gloria para ti: la gloria de un hombre proviene del honor de su padre y una madre despreciada es un oprobio para los hijos. Hijo mío, socorre a tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva. Aunque pierda su lucidez, sé indulgente con él; no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor. La ayuda prestada a un padre no caerá en el olvido y te servirá de reparación por tus pecados. Cuando estés en la aflicción, el Señor se acordará de ti, y se disolverán tus pecados como la escarcha con el calor. El que abandona a su padre es un blasfemo y el que irrita a su madre es maldecido por el Señor”.

Trata de ser más cariñoso con tus padres y con tus hijos, y todas las noches pregúntate: ¿He sido un buen padre o hijo?

Laus Deo
Alabado sea Dios

POST RELACIONADOS

Leave a Comment