Editorial 

Una suma cuyo resultado es cero

Por Sherman Calvo | Director.

 

Sumemos: ABORTO (los niños complican la vida, es mi cuerpo, no lo deseaba, mejor los matamos antes de nacer) + EUTANASIA (los ancianos están enfermos, mejor los matamos para que no sufran más) + MATRIMONIO (¿Para qué? Mejor vivir libre y sin ataduras) + LAICISMO (¿Creer en Dios? Yo creo en mí, y con eso me basta) TOTAL: CERO. Sin hijos, sin padres, sin familia… ¡Y sin Dios! = SIN NADA. Debemos decidirnos, sin ningún temor, a combatir esa perversa aritmética, convertir nuestras familias en bastiones inexpugnables.

En general, no depende directamente de nosotros erradicar de la patria las agendas anti familia y anti vida que las afean, pero sí depende de nosotros el defender a capa y espada, contra todos los embates, esa trinchera vital que es cada uno de nuestros hogares católicos. Dios nos ayudará si hacemos lo que depende de nosotros. “Vive una vida buena y honorable. Tendrás que vivir con las acciones que tomes el resto de tu vida. Asegúrate de que no te arrepentirás después de tomarlas. Cosas buenas les pasa a gente buena. Nunca serás castigado por actuar honorablemente y solo tendrás recompensa”.

Para ello es necesario conocer, desenmascarar y refutar a los enemigos tradicionales de la familia católica. El laicismo, que a base de leyes, ataca la dignidad del matrimonio cristiano. El comunismo/socialismo, cuyo objeto principal es manchar y depravar con los errores más perniciosos y toda manera de vicios a los jóvenes, en base a cuyos principios es preciso que se relaje la potestad del padre sobre la prole y los deberes de la prole para con el padre, privando a la persona humana de toda dignidad y de todo freno moral. La masonería, que ha buscado quitar a la familia su base y constitución religiosa, promoviendo la enseñanza totalmente laica. El indiferentismo religioso y la incredulidad moderna, que hacen sentir a las familias las torturantes consecuencias. La vida licenciosa, causa de que muchas veces se haya olvidado el honor en que debe tenerse a la autoridad paterna. El deseo inmoderado de placeres, que es la peste más funesta que se puede pensar para perturbar las familias. El estatismo, del que se derivan los serios peligros del desconocimiento, de la disminución y de la progresiva abolición de los derechos propios de la familia. El naturalismo económico o liberalismo, por obra del cual la convivencia familiar tiende gradualmente a desaparecer y que impide llevar una vida humana digna y para afrontar convenientemente las responsabilidades familiares. El onanismo conyugal, porque usar de las relaciones matrimoniales destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus íntimas relaciones, y, por lo mismo, es contradecir también el plan de Dios y su voluntad.

¿Habrá algo que agregar, que exalte la codicia, la ira, la comodidad, el mundanismo, la venganza, la impureza y la violencia -vicios todos diametralmente opuestos al espíritu de las bienaventuranzas? Debemos revestirnos de la armadura de Dios, para poder resistir  las maniobras del enemigo; porque busca volver el corazón a las cosas de este mundo, el hombre vuelve atrás y retoma el paganismo, es decir, la adoración de aquello que le está sujeto por principio. Es la subyugación de lo noble por parte de lo vulgar. Esta inversión espiritual es sumamente peligrosa, porque cierra al alma las puertas de la reintegración.

Debemos defender nuestras familias de todos éstos, sus enemigos que, por muy grandes, poderosos y extendidos que sean, nunca podrán más que Dios: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31). En este difícil tiempo de la historia de la Iglesia y de la patria, cada una de nuestras familias debe comprometer su honor en no obrar en contra de ninguno de los principios cristianos, forjadores de las gestas más grandes y más nobles de que el mundo tenga memoria, porque formaron todos los grandes santos, de los cuales “el mundo no era digno”. No tengamos ningún temor. Recordemos siempre la importancia de adquirir la única sabiduría que podemos esperar, la sabiduría de la humildad: la humildad es infinita. Vivir con humildad, aprendiendo de todo y de todos en la familia, pues siempre habrá una mejor forma de hacer las cosas. No hay, por otro lado, diálogo en la sociedad si no hay humildad. El diálogo, como encuentro de los hombres para la tarea común de saber y actuar, se rompe si sus polos (o uno de ellos) pierde esa sabiduría.

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